Del sur de Centroamérica al norte de México: Pueblos que resisten una prolongada alerta roja

07 December 2020|RJM CANA

“Se van en busca de un futuro mejor”. En la Red Jesuita con Migrantes, desde hace mucho tiempo nos hemos apartado de esta afirmación, tan trillada, como ajena a las graves crisis que padecen nuestros países hoy día. Lo que miles de personas buscan, muy a pesar de los brutales riesgos, es la oportunidad de tener un futuro, el que sea, aunque luzca incierto y marcado por el desarraigo.

Y en el último año, quienes se han visto en la imperiosa necesidad de huir lejos de sus tierras natales, no imaginaban que una pandemia azotaría sus espaldas como mayor fuerza que los golpes que sufrieron aquellos que antes se enrumbaron en la travesía migratoria. El COVID-19 ha dejado a miles de personas solicitantes de refugio en el limbo, sin los mínimos de protección y atención humanitaria, sin poder regresar a sus países de origen, y tampoco continuar el camino que se habían trazado.

Las crisis en las fronteras del sur y norte de México, en las de Panamá, Costa Rica y Nicaragua han mostrado escenas dolorosas que dan cuenta de la ausencia de los Estados, el nulo interés en garantizar el respeto a los derechos humanos de las personas migrantes forzadas en un contexto de crisis sanitaria mundial. También podríamos referirnos al drama en los centros de detención en Estados Unidos y México que siguen cortando el paso, a niñas, niños, mujeres y hombres, sin brindarles una alternativa diferente a la deportación y dejándoles expuestos al riesgo de contagio, durante el periodo que pasan privados de libertad, en condiciones precarias.

Como si lo anterior no fuese suficiente, solo pocas semanas atrás, los países centroamericanos y varias comunidades del sur de México fueron víctimas de nuevas catástrofes climáticas causadas por las tormentas tropicales ETA e IOTA. Toda la destrucción no tiene aún visos de ser atendida adecuadamente por las autoridades gubernamentales, que niegan la tragedia, desvían los recursos o simplemente carecen de las competencias mínimas para actuar.

¿Optimismo con Biden y Harris?

Centroamérica y México afrontan crisis sistémicas que imposibilitan la construcción de rutas viables para resolver las problemáticas que agobian a la mayor parte de la población. Paralelamente, y no de menor importancia para nuestros países, en Estados Unidos se da el triunfo en las elecciones presidenciales a la fórmula demócrata conformada por Joe Biden y Kamala Harris. El nuevo titular de la Casa Blanca ha prometido restablecer los decretos que sostenían los pocos avances para la regularización de la población inmigrante, como los dreamers y las personas beneficiadas por los TPS. También se ha comprometido a restituir el sistema de asilo y refugio y a estudiar cada uno de los casos de deportación por condición de procesos penales, y la situación de niñas y niños, cuya protección no está debidamente garantizada. No es poco. El desafío por delante, en materia migratoria, para el recién electo presidente de Estados Unidos es enorme, no solo porque logre ser capaz de sostener y materializar las promesas anunciadas, sino también que en el Senado se puedan alcanzar los consensos necesarios para una reforma migratoria de corto y de mediano plazo, así como políticas de mayor justicia, bienestar, que impacten -de manera favorable- todo lo que concierne al respeto de los derechos humanos en Centroamérica. Tengamos en cuenta que las expectativas no deben ser altas y por eso tenemos que actuar colaborativamente para seguir denunciando, proponiendo y atendiendo.

Nuestros compromisos RJM-CA&NA

En la Red Jesuita con Migrantes Centroamérica y Norteamérica sabemos que las dinámicas son complejas, convulsas y hasta desalentadoras, pero no por ello podemos dar un paso al lado y sucumbir al pesimismo. En el centro de nuestro quehacer está la gente, toda esa gente que nos ha nutrido a lo largo de tantos años, que llora, pero que también abraza, sostiene y lucha. Reiteramos pues, cuatro compromisos ineludibles:

PRIMERO. Seguir caminando al lado de las personas que sobreviven a la migración forzada en su lucha por salvar la vida, exigir sus derechos y ver cumplido el sueño de tener una vida digna, en un nuevo país o con la posibilidad de un retorno seguro, voluntario y con oportunidades.

SEGUNDO. Trabajar por el reconocimiento de que somos sociedades interdependientes, que nos amparamos en valores como la hospitalidad, la solidaridad y el respeto a todas las criaturas vivientes. Que somos un cuerpo diverso y entusiasta, capaz de contribuir positivamente en todos los espacios de trabajo. Que podemos “migrar hacia lo extraordinario”, no en un sentido individualista, sino más bien desde el anhelo y esfuerzo colectivo por el cambio de paradigma, en el que podamos ser reconocidos como seres en movimiento y con plenitud de derechos.

TERCERO. Siempre, al lado de otras fuerzas organizadas regional e internacionalmente, colaborar en los procesos que se desarrollen para enfrentar las causas que propician la migración forzada en Centroamérica y México. Nos corresponde sumar a la denuncia, propuestas claras de formación política, promoción de la educación, generación de oportunidades, reivindicación de los derechos de las mujeres y defensa ambiental, entre otros. Son muchos los frentes, pero debemos apostar por acciones concretas, duraderas y principalmente interconectadas.

CUARTO. Consultar y proponer nuevos marcos interpretativos para atender las particularidades del refugio, la migración forzada y otras formas de desplazamiento. Los profundos cambios en las últimas décadas nos convocan a identificar nuevas maneras de abordaje para categorías y conceptos asociados a la movilidad humana no voluntaria. Queremos fortalecer los esfuerzos de cambios regulatorios, tanto en Estados Unidos como en otros países caracterizados por la migración sur-sur, como Costa Rica y Panamá. Que las legislaciones migratorias vigentes puedan ser verdaderamente coherentes con las demandas humanas más apremiantes y el respeto irrestricto de los Derechos Humanos.